Desde los inicios de Oria, supimos que el viñedo debía ser algo más que un espacio productivo.
Queríamos que fuese un manifiesto, una obra viva donde confluyeran la ciencia, la estética y el respeto por la naturaleza.
Por eso elegimos diseñarlo siguiendo la secuencia de Fibonacci, una fórmula matemática presente en la naturaleza —desde las conchas marinas hasta las galaxias— y que también ha guiado a artistas, arquitectos y científicos durante siglos.
La secuencia de Fibonacci es una sucesión de números en la que cada número es la suma de los dos anteriores (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21…). Cuando se dividen dos números consecutivos de esta serie, el resultado tiende a un valor constante: 1.618…, conocido como el número áureo o proporción divina.
Esta proporción aparece en las espirales de los girasoles, en la disposición de las hojas, en las caracolas, en las obras de Leonardo da Vinci y en los templos de la antigüedad. Se considera que refleja un equilibrio natural que nuestro ojo percibe como armonioso y bello.
En Oria, esta proporción se convierte en una herramienta de precisión: cada planta, cada hilera, cada curva del viñedo responde a ese orden invisible que la naturaleza reconoce. El resultado no es solo visualmente armonioso, sino también funcional: promueve una mejor exposición solar, una ventilación natural eficiente y una distribución óptima del espacio.
Diseñar con Fibonacci no es seguir una moda: es escuchar la geometría secreta de la naturaleza y rendirse ante su inteligencia.
“Un gran vino nace cuando el hombre, en lugar de imponer su voluntad, interpreta el lenguaje de la tierra. Fibonacci no es solo matemática: es una forma de comprender lo invisible.”
— Roberto Cipresso